viernes, 11 de febrero de 2011
Tu primer día en la clase de los girasoles
En una rápida concatenación de movimientos pegas dos fuertes tirones y consigues arrancarte al urogallo de encima casi al mismo tiempo que te raja por dos partes del costado derecho. La situación ya pintaba muy jodida desde el principio, pero no sabes hasta qué punto las roderas de sangre que se te van dibujando en el tórax pueden conducirte hacia una muerte prematura.
Aunque sólo actúas evitando el dolor, sí eres capaz de imaginar algunas estrategias. Así que aprovechas el momento en el que la bestia pega la sacudida contra el suelo para buscar con la mirada a la que llaman la marta. Su silueta asoma como un faro alto por entre el resto de batas azules que, guardando silencio, te encierran en círculo. Ahora agarras al animal y se lo lanzas a la marta con fuerza, pero no llega ni a rozar las batas de la primera fila y se va a estrellar al extremo del medio campo. Te tapas con una mano las dos antepenúltimas heridas, tu piel se abre como plastilina delante de unas tijeras de podar. Una nueva ola de sudor tibio cae por tu espalda mientras del caos de plumas negras que tienes delante vuelve a tomar forma el urogallo, luego te pones en pie y empiezas a dar pasos rápidos, con los puños cerrados y las aletas de la nariz batientes. El urogallo, a su vez, te va rodeando y acercándose a tí al mismo tiempo con movimientos rectilíneos. La sucesión de imágenes, gritos y texturas sobre la piel no aportan ninguna información coherente en esta parte de la narración, y sin embargo la cosa ha debido de ir bien porque al rato te encuentras con las manos volando directas al cuello mientras el pañuelo cosido al bolsillo se tensa bajo tus pies y sobre sus patas. Aunque no lo sepas, la maniobra para poner las piernas en esa disposición ha podido causarte un esguince, pero no te da tiempo para preocuparte demasiado porque una de sus patas se libera y un segundo después aparece una nueva sonrisa brillante en tu costado derecho. Evitas mirártelo, das una patada a algún lado. El urogallo cae, tú detrás, no ves el espolón. Tampoco lo notas. Acercas tu cara a su vientre y lo muerdes. Una nueva rasgadura en la clavícula. Ya está. Las manos se amoldan, toman posición y aprietan. Tres vértebras saltan de su lugar, en alguna parte. Permaneces a cuatro patas y miras a alguien al azar de la segunda fila. Hacia abajo no miras, sólo sigues apretando. Nadie se mueve ni habla, sólo tú. Gritas Halál. En tu lengua, no en la suya. Muerte. Halál.
El sol brilla.
(8/03/10)
Aunque sólo actúas evitando el dolor, sí eres capaz de imaginar algunas estrategias. Así que aprovechas el momento en el que la bestia pega la sacudida contra el suelo para buscar con la mirada a la que llaman la marta. Su silueta asoma como un faro alto por entre el resto de batas azules que, guardando silencio, te encierran en círculo. Ahora agarras al animal y se lo lanzas a la marta con fuerza, pero no llega ni a rozar las batas de la primera fila y se va a estrellar al extremo del medio campo. Te tapas con una mano las dos antepenúltimas heridas, tu piel se abre como plastilina delante de unas tijeras de podar. Una nueva ola de sudor tibio cae por tu espalda mientras del caos de plumas negras que tienes delante vuelve a tomar forma el urogallo, luego te pones en pie y empiezas a dar pasos rápidos, con los puños cerrados y las aletas de la nariz batientes. El urogallo, a su vez, te va rodeando y acercándose a tí al mismo tiempo con movimientos rectilíneos. La sucesión de imágenes, gritos y texturas sobre la piel no aportan ninguna información coherente en esta parte de la narración, y sin embargo la cosa ha debido de ir bien porque al rato te encuentras con las manos volando directas al cuello mientras el pañuelo cosido al bolsillo se tensa bajo tus pies y sobre sus patas. Aunque no lo sepas, la maniobra para poner las piernas en esa disposición ha podido causarte un esguince, pero no te da tiempo para preocuparte demasiado porque una de sus patas se libera y un segundo después aparece una nueva sonrisa brillante en tu costado derecho. Evitas mirártelo, das una patada a algún lado. El urogallo cae, tú detrás, no ves el espolón. Tampoco lo notas. Acercas tu cara a su vientre y lo muerdes. Una nueva rasgadura en la clavícula. Ya está. Las manos se amoldan, toman posición y aprietan. Tres vértebras saltan de su lugar, en alguna parte. Permaneces a cuatro patas y miras a alguien al azar de la segunda fila. Hacia abajo no miras, sólo sigues apretando. Nadie se mueve ni habla, sólo tú. Gritas Halál. En tu lengua, no en la suya. Muerte. Halál.
El sol brilla.
(8/03/10)
¿Abogado?
En caso de que me lo pregunten, examinarme mañana le tiene que disgustar más al célebre abogado que seré en cuatro años que a mí; y muy especialmente teniendo en cuenta que su existencia depende de mi lápiz. Sin embargo, el abogado que viene del futuro quiere ser mi amigo, o hace ver que me quiere: para que le salve la vida, imagino, para que nos salve la vida a los dos. El abogado dice que me quiere, yo doy tumbos por la casa y me preocupo, pero más cercana que el abogado, agazapándose, está la hoja de preguntas esperando en la esquina del calendario. Me quiere atrapar los dedos. Me los está atenazando ya, de hecho, para cuando entro en la nevera por quinta vez esta tarde: el cristal se rompe y raya el parqué, el líquido se filtra y se va. Pero el efecto inmobilizador dura aún cuando muchas horas después estoy en la mesa con una hoja de papel y siete bolígrafos en el bolsillo. En ese momento recuerdo el sumario del tema uno y algo sobre ñús que dieron el jueves o el miércoles. Ah, pero ya hay algunos renglones escritos con una mano que muerden el papel y lo atraviesan por nueve lugares. Escritos con una mano, digo, la otra se demora urgando en un boquete a un lado de la mesa que llega hasta casi la mitad del cuerpo de madera. Podría intentar partirla entera, follármela, pero yo sólo pienso en prenderle fuego y eliminar cualquier evidencia de ignorancia extrema que pueda enturbiar la vida de ese apacible abogado. Insertar bolígrafo y frotar con fuerza. Insertar bolígrafo y destrozar cinco de los siete, y aún estoy pensando en la manera de hacer desaparecer a ese Satanás cuando el profesor nos alerta de los quince minutos restantes justo cuando yo no quiero saber nada del tiempo, porque si no se me hincha la vena y se me nubla el alma, le explico, o le intento explicar; que eso no puede ser, añadir la traba del tiempo a una lucha ya desigual, y sigo pensando en esa idea de la lucha desigual, como la de los ñus cruzando el río, pienso, al aplicarle el bolígrafo en la tierna, tierna cerviz, y para cuando llego a mi mesa los tachones siguen ahí, pero no se ha arreglado nada y al final se tiñen de un nuevo color, y el segundero acuchilla periódicamente mis ganas de permanecer sentado y de dejar que letras tipografiadas en fibra muerta sigan cometiendo este crimen contra mi persona. Porque son simples frases, sintaxis revestida de palabras contra organismo pluricelular con píloro y esófago y todo el resto, pero para no sentirme humillado abandono ese pensamiento mientras con pulso irregular y de un tirón escribo putaputaputaputaputaputaputaputaputaputaputaputaputa a un margen de la pregunta tres, y así hasta crear como un tosco caligrama que abraza todo el examen: esclarecedor paréntesis sintético y excelente muestra de implicación emocional en lo que hacemos en la escuela que, sin embargo, ni contará positivamente en el recuento de puntos, ni le da sentido a la mongolada adyacente.
28/8/09
_____________Ilustración de Joan Casaramona
28/8/09
_____________Ilustración de Joan Casaramona
Una historia de lo breve
Entra a los vestuarios y recorre dos veces el pasillo para asegurarse de que no ha quedado nadie por las galerías y habitaciones. Se dirige a la del fondo y cuelga la mochila en una de las perchas torcidas, luego dobla el jersey y lo apoya en el banco central, se agacha y se estira sobre el banco boca abajo, haciendo brillante la madera pulida del banco al contacto con una frente grasienta. Luego se coge a uno de los bordes y se da impulso hasta sacar la cabeza por un lado, dejándola suspendida sobre el suelo. Empieza a palparse la cabeza y a hablar en voz baja.
Olmongk-d'Un Arpkteaba, ayúdame ya oh oh Olmonkgk-d'Un me arrepiento de lo de la silla y de lo del balonazo me arrepiento, necesito ese favor salva mi alma ahora que estoy vivo y activo las tres zonas del arrepentimiento, y el muy chiflado sigue palpándose diferentes partes de la cabeza, sin variar en el orden de la secuencia. Oh joder espero que te llegue pronto esto Olmongk-d'Un Arpkteaba. En un minuto ya está casi gritando a lloros, aspirando lentamente el aire para producir los sonidos medio gorjeantes que van dando impulso cadencialmente a un fino hilo de saliva que se descuelga desde su labio inferior. Su mirada de enajenado viaja por las paredes hasta posarse en la cara del conserje, destacando sobre el fondo blanco de su bata y la pared. Medio segundo y la letanía se para en seco tras la mandíbula tensa. Mantiene la mirada clavada en el suelo. Los dedos se retuercen dentro de las deportivas y cierra fuerte los ojos. Luego alza la vista y se encuentra solo otra vez, se levanta del banco, se ajusta las correas de la mochila y sale encogido de los vestuarios arrastrando el jersey, sin mirar a los lados, y nadie en todo el transcurso de la historia vuelve a pronunciar jamás el nombre de Olmongk-d'Un Arpkteaba.
27/12/09
Olmongk-d'Un Arpkteaba, ayúdame ya oh oh Olmonkgk-d'Un me arrepiento de lo de la silla y de lo del balonazo me arrepiento, necesito ese favor salva mi alma ahora que estoy vivo y activo las tres zonas del arrepentimiento, y el muy chiflado sigue palpándose diferentes partes de la cabeza, sin variar en el orden de la secuencia. Oh joder espero que te llegue pronto esto Olmongk-d'Un Arpkteaba. En un minuto ya está casi gritando a lloros, aspirando lentamente el aire para producir los sonidos medio gorjeantes que van dando impulso cadencialmente a un fino hilo de saliva que se descuelga desde su labio inferior. Su mirada de enajenado viaja por las paredes hasta posarse en la cara del conserje, destacando sobre el fondo blanco de su bata y la pared. Medio segundo y la letanía se para en seco tras la mandíbula tensa. Mantiene la mirada clavada en el suelo. Los dedos se retuercen dentro de las deportivas y cierra fuerte los ojos. Luego alza la vista y se encuentra solo otra vez, se levanta del banco, se ajusta las correas de la mochila y sale encogido de los vestuarios arrastrando el jersey, sin mirar a los lados, y nadie en todo el transcurso de la historia vuelve a pronunciar jamás el nombre de Olmongk-d'Un Arpkteaba.
27/12/09
Un viejo cascarrabias se relaciona con gente y hace cosas
A una cabeza lúcida se le entrega la misión de hacer los ajustes apropiados en un guión cinematográfico. X es hombre o mujer, una figura hipotética que ocupa un puesto común en un negocio popularizado y con un sueldo estándar en el sector terciario, y ahora, además, es el encargado de realizar la revisión.
Todo mérito de X ha sido aparecer ileso y en el centro, saludando, tras la operación quirúrgica de promediar la población.
Su misión debía ser llevada a cabo por una persona ajena hasta ese momento al proceso creativo, y se intentará que el resultado de la corrección -si es que hace falta corregir algo- sea lo más accesible posible al gran público. Se confía en la opinión de X y se le pide encarecidamente que mantenga una mente abierta y analítica.
La película es Gran Torino, se establecen los plazos, se aclaran las dudas.
Se entiende que lo que gusta a todos los componentes debe estar presente en la película y al mismo tiempo ésta debe llenar a todos por igual. Existe una idea central que debe ser bien recibida por la inmensa totalidad de los espectadores. Esa idea central podría verbalizarse en: un viejo cascarrabias se relaciona con la gente y hace cosas. También: el viejo cascarrabias es Clint Eastwood, Clint Eastwood hace cosas. Es un buen primer paso, pero hay piezas que podrían chirriar y que hay que buscar a su debido tiempo. El viejo se llama Walter Kowalski y tiene un Gran Torino en el garaje. Walt Kowalski es, además, un inadaptado. El ladrón se llama Thao Vang Lor y quiere el Gran Torino del garaje. Thao Vang Lor es cobarde y mongoloide. Las alocadas aventuras que pueden vivir tras superar su conflicto de intereses se prevén graciosas, pero pueden no serlo tanto si recuerdas que tienes que hacer que alguien le vuele la cabeza a alguien porque te lo piden desde sus butacas un millón de guajes.
Luz pasando por un vaso de agua destilada proyecta un reflejo ambiguo sobre la mesa debidamente blanqueada. Esto es lo mismo, solo que el reflejo no tiene límites y el vaso es tan pequeño que resulta insignificante en plano general de la escena. Lo ideal, claro, habría sido hacer aparecer en el vacío flotante una masa perfectamente representativa del respetable y experimentar con ella para evitar futuras sorpresas. Y para conseguir eso tan sólo se puede proceder de una forma.
Primero
La mente creadora de X genera nuevas ramificaciones de su naturaleza normal, como si fueran proyecciones demasiado ampliadas de sí misma. Algunas neuronas se mueven, se ponen en contacto con otras: se presentan, se acarician y se dan el lote, de alguna manera.
Se activan partes del cerebro y entonces aparecen las sillas, sillamesas, púlpitos cada tanto y estrados repartidos de una forma que a simple vista parece algo irregular. Retratos, entre otros, de Murnau, de Clive Owen y de un morador de las arenas descansan contra una pared (algo más allá se intuye el mismo retrato de Clive Owen con un marco ligeramente más oscurecido) mientras ésta se va enyesando sola. La pared es única y universal, en forma de recta. La recta es el perímetro de un círculo infinito, y dentro de ese círculo se encierra en simposio todo el primer mundo, es decir, todas sus posibilidades combinatorias. Se despliega la mente en forma de laboratorio experimental, de mesa de operaciones y de sala de actas. Se cierran vomitorios imaginarios y la masa (X la intuye cansada y atonal) queda encerrada.
Bueno, qué ejercicio más inútil habría resultado el intentarlo. Extrapolando ésto a la mente humana, sumándole el factor de tiempo limitado y contando con que X sólo puede prestar atención a no más de 3 individuos a la vez y focalizarse en sólo uno, no tardará uno en darse cuenta que, en suma, sólo se llega a recrear la sala con la forma finita y fluctuante de un protozoo. La pirotecnia y los efectos especiales de la sala infinita ni siquiera han durado un ápice que se pueda medir temporalmente, pero es lo que hay.
Queda un sólo púlpito, y la inmensidad de componentes de la sala infinita se ha visto reducida a unos cuantos personajes representativos.
Los psicópatas del palo de hockey son representados como jóvenes con cazadora, pantalón militar y casco de moto que, efectivamente, empuñan un palo de hockey, debaten, se lanzan sillas y aúllan, un par de de actores porno (los únicos representantes latinos de la sala), el niño de gorra ladeada, el mendigo-tirado-en-la-explanada, la madre primeriza y algunos más, pero en ningún caso los ocupantes de la sala imaginaria superan los cien.
La mecánica de adaptación al gran público que hay que seguir como una línea de la que hay que procurar no salirse es fácil hasta cierto punto. Todo debe quedar debidamente equilibrado en la balanza de opiniones y sentimientos a favor y en contra para hacer feliz a la gente y, en el fondo, recuerden a Eastwood como el puto genio que es. Un ejemplo no demasiado válido pero que servirá para hacernos una idea sería: Walt Kowalski dice palabras feas y traumatiza a niños. Walt Kowalski muere.
Todos los esbirros de la muestra dan una opinión favorable de la película. En un momento dado el cabecilla de los psicópatas del palo de hockey, con sendas balanzas de Anubis tatuadas en las mejillas, dice que no hay las suficientes armas. Luego se averigua que durmió durante la mitad de la proyección. Todas las visiones encajan perfectamente, no parece haber ningún fallo significativo. Sólo el orangután resta impasible flexionado sobre las rodillas y durmiendo. Parece que en cualquier momento dirá algo memorable, pero no es el caso.
En realidad, sí. El hombre naranja de la selva se descuelga de su neumático y empieza a hablar por los codos. Y entonces aparece ante todos, se muestra y a la vez se ve aquello que hasta ahora mantenía separada la película de lo enmarcado como obra maestra. Los pandilleros psicópatas corean a voces, las madres sueltan la lagrimita, el orangután hincha el pecho con la satisfacción de quien ha presenciado algo digno, por fin, digno de verdad, Pajarito Gómez y Sansón Fernández aplauden llenos de júbilo, el niño ríe y llora a la vez, feliz y temeroso de que lo vean sus amigos.
Gran Torino es, ante todo, un drama. La vejez y el acartonamiento físico y de espíritu crean un ruido de fondo constante, pero también queda marcado el cambio generacional. Mientras que la muerte lo impregna todo, una amalgama de sentimientos positivos intenta trascender la película. Un retazo de amistad, la voluntad de sacrificio, la promesa de un futuro prometedor, entre otros. Sin embargo, y esto desagradó al equipo productor una vez detectado, lo positivo quedaba demasiado restringido al ámbito humano de un lugar y un tiempo determinado. Le faltaba al producto final un algo atemporal, un coro que enmarcara toda la realidad, decían, les parecía, y sonreían al saber cerca la solución. Quizás un testigo de la naturaleza -pensaron, pensó X-, a la que hay que apreciar y no olvidar nunca porque, al fin y al cabo, es la única que asiste cada día a las idas y venidas de la humanidad con total y sufrida pasividad, pero aportando la base para hacer posible todo lo que los manuales de ciencia recogen como posible. A ello, dijo el orangután, hay que referirle aunque sea un mínimo homenaje, englobarlo también en este sentido abrazo que quiere traspasar el celuloide.
La única modificación que se hizo en el guión a instancias de X se da en la última escena. De una forma significativa, la chica que acompaña al joven en el coche es sustituida eficientemente por un perro.
3/10/09
____________________Ilustración de Joan Casaramona
La ida del hombre avestruz
El director Carolan, muerto la noche antes, se dispuso como cada mañana a pasar revista a su cuadrilla personal de negros tísicos. Y, a pesar de que delante de su cabaña se agrupaban bastantes más de los necesarios, el barrido visual de reconocimiento no se demoró más de lo estrictamente necesario. En todo caso, cabezas iguales unas a otras, mordidas por el Sol y la tierra; y piernas apiñándose en la grava, agitadas por la misma desesperación de hambre canina.
Asentados sobre el polvo, los salvajes miraban hacia el frente, y allí no había nada más que Carolan.
Carolan se reía de ellos bajo las poleas.
Los oficiales, el cocinero y el secretario habían huído en el último de los vapores-correo que llegaban desde la costa cada tres meses, pero allí quedaba él, tieso como una estaca en suspensión.
No sólo era la severa mirada oblicua. Años de mansedumbre programada ligaban al colonizador con las masas estertóreas de aquella colonia, más alguna que otra ventaja potencial sobre el medio... que ellos contribuían a destruir.
Con la barbilla hincada en el pecho inició el último tramo de su ascensión con siete docenas de miradas atónitas clavadas en los talones.
Lo encontraron tirado en el suelo de su cabaña con una cadena rodeándole el cuello. La biga se había partido y su cuello también. En la pared de madera enfrentada a la puerta se había dibujado un gran arco ojival encabezado por una corona y la palabra magoa repetida con cierto desorden. Se había atado al tronco y a los brazos muchos plumeros de avestruz de los que allí se manufacturaban. Y sin embargo, no importaba si hablaba o callaba, o si se movía gritando órdenes o decidía dejar de moverse. Era el director Carolan, inclinando la cabeza a sotavento, el último hombre blanco.
Congregados todos de una vez, la casta guerrera miraba al frente y dudaba ante la pasividad del amo. Una puesta a prueba sólo es aceptable cuando hay margen de maniobra más allá de las actividades que requiere la supervivencia.
De la desordenada conglomeración de toses y espaldas encogidas apareció una lumbre, broma bajo el sol de África, y fue siguiendo un recorrido no programado por entre las masas, moviéndose con rumbo aleatorio.
Tocar al hombre blanco, hable éste o no, sería impensable. En una tarde tiraron las cuatro paredes de la cabaña y dejaron la plataforma alzada sobre troncos a la orilla del afluente. Con temblor en los brazos engancharon la cadena que se le ajustaba perfectamente al cuello a un garfio. Aprender a manipular la grúa les llevó otro tanto, pero los esfuerzos del salvaje no consiguieron borrar la expresión burlesca del levitante, con media lengua afuera y la cara plegada sobre sí misma.
Tímidamente asomó el puño, y los pantalones prendieron. Entonces las últimas cualidades humanas de Carolan desaparecieron, los sencillos mecanismos chirriaron y la inmensa ave pareció haber cogido una bolsa de aire con la que ayudarse a subir más y más. Los círculos de la informe imagen en fuego iban creando anillos de humo que enmarcaban toda la escena. El murmullo de la pluviselva congoleña filtrándose entre los troncos gruesos y en todas direcciones en un hormigueo danzante.
Lo abrupto del estallido que colmó el rito marcó el final. Carolan pareció disolverse en el aire dentro de su peculiar vestido: se encarroñó a sí mismo en una mezcla candente y desapareció como sacando en volandas sus restos de la escena; no quedaron por testigos más que las gentes que allí se hacinaban y sus correspondientes animales domésticos. En la epifanía colectiva el director Carolan se hizo nada, porque el hombre blanco nunca muere.
Algunas bocas se abrieron; todas, sin embargo, callaron.
Los hombres que pudieron verlo, propagaron la experiencia épica y ésta fue pasando de padres a hijos como "La ida del hombre blanco". El resto, tumbados y rígidos como langostas, dedicaron la mañana a descomponerse con pulcritud.
26/10/09
__________________Ilustración de Joan Casaramona
Apacible mañana de domingo en Beverlly Hills
El nuevo movimiento filosófico del Transcripcionismo Radical, también autodenominado Nueva Escuela Artística del Transcripcionismo Radical o neorococó radical, hizo sus primeras tentativas de aparición ya hacia el 2025, aunque no fue hasta bien entrados los 30 cuando su aplicación al día a día garantizó de alguna manera u otra la supervivencia de quien lo procesaba, favoreciendo así la popularización del movimiento por Europa, Oceanía y las colonias índicas. Pronto empezó a comercializarse el concepto y la técnica, a abrirse talleres ilegales en los que se empezaba a fraguar la raíz del movimiento. Algunos llegaron a señalar una lectura bastardizada de Platón como su origen, aunque, tal y como se demostró más adelante, lo más posible es que la aparición del transcripcionismo radical se debiera simplemente a una oleada de aburrimiento que anegaba las calles en el nuevo siglo.
La primera noticia me llegó una mañana de octubre a través de un reportaje en el canal televisivo internacional. El tema se prestaba al sensacionalismo: una persona en carne viva y medio desnuda cocinando y moviéndose por la salita de su casa ante las cámaras, como si nada hubiera pasado. Un primer plano se regalaba con la cara descompuesta de lo que parecía una víctima de la combustión espontánea o la acometida de un alud de ratas. Todos mis problemas se han esfumado -decía la mujer (por la voz, no tardé en darme cuenta de que era una mujer)-, por fin veo lo bello que hay en mí y me aseguro de que los demás lo vean, y además estoy contenta, así en general. Si algo me va mal sólo tengo que mirarla, mirarme a los ojos. A la declaración le seguía una escena en la que una señora despellejada (presumiblemente, la de antes) besuqueaba y abrazaba entre toses flemáticas a una mujer inmóvil y callada.
Fue aquél día cuando supe que Europa había enloquecido, que había personas que se arrojaban a las calles a pasear a su propio pellejo disecado para que todos lo vieran. Figuras andróginas, descuidadas y medio podridas vestidas de sport arrastrando un carrito con un sí mismo anclado en los veinte años, parcialmente desnudo y frecuentemente cargando a hombros un corzo o un jabalí o resolviendo un cubo de rubik o leyendo a Musil o haciendo un solo de saxofón.
Al cumplir veinticinco años o incluso antes, el transcripcionista acudía a un negocio de taxidermia y se veía desprovisto de sus preocupaciones terrenales de forma drástica y algo agresiva. Un poco después, el convaleciente salía del taller dolorido y cansado, con restos de tejido adiposo que transparentan la camisa, pero feliz al fin y al cabo con su sosias particular, poco más que un exoesqueleto agarrotado. A partir de ese momento, el transcripcionista tenía a bien gastarse la mayor parte de sus ahorros en el mantenimiento y la compra de complementos de su simulacro.
Equilibrio mente-cuerpo, seguía la lunática entrevistada, nunca seremos más bellos que a los veintitrés pero tampoco seremos más inteligentes ni más creativos.
[A grandes rasgos, el proceso consiste en arrancar la piel, darle forma, coserla en la posición deseada y rellenar con tierra y hojas secas. Ver tu jardín lleno de ejecutivos seniors y mujeres sosteniendo copas de brandy crea una atmósfera naïf y de puterío fino. No es de extrañar que éste fuera el panorama que se veía por la zona alta de L.A.
Aprender a equiparar la propia belleza con la de una puesta de sol en otoño, un monte de olivos o un bonsái, en eso consiste lo educativo de la autodestrucción.]
En el momento en el que disecarse a uno mismo se puso de moda, sonó un gong desde el fondo de la conciencia occidental. Era la señal de que la poca dignidad que le quedaba a los hijos de la Mediterránea se había esfumado, precipitándose toda ella en diferentes estratos de podredumbre generacional.
Se disparan las maneras de aligerar cargos de conciencia al creerse eternos: los nuevos cadáveres lo consiguen ocultándose para siempre en tumbas de roca, siendo enviadas al espacio, siendo usadas como moldes de producción en serie, siendo los protagonistas de sonetos, siendo modelo de fotografías en 360º y de cuadros de naturaleza muerta, envasados al vacío, congelaciones en icebergs privados. Collages orgánicos, pornografía inmovilista, posados con pipa y con sabueso.
Recuerdo que esa mañana de octubre corrí al balcón hasta casi salir volando por allí, pegué un manotazo a la barandilla y me asomé poniendo ojos como platos, esperando ver por algún rincón a un primer neozombi y a la vez no queriendo verlo, pero lo cierto es que desde allí no asomaba nada que distara demasiado de lo que veía cada mañana.
Tardé cuatro días en alejar aquella noticia de mi mente y ya más calmado, acudí a una cita con mi prometida M. para ver si se cumplía el pronóstico romántico de aquella semana para los libra. Una hora después comprendí que M. ya no disponía de vagina funcional.
M. apareció en el extremo del parque con una sonrisa de oreja a oreja y ojos vidriosos, sosteniendo una imitación de lo que sería una pirámide de Ferrero Rocher, muy guapa toda ella. Aunque lo que supuse que era su alter ego con capacidad motriz, carne y hueso, tiraba del carrito (arrastrándose a cuatro patas como un eslizón por culpa de una infección de rodillas), pobremente vestida y escupiendo esputos a cada tanto. Temblaba y chorreaba plasma sanguíneo por todos lados, y después de gritar SORPRESA y ponerse a charlar animadamente como si nada hubiera pasado, insistió en que al hablarle la mirara a los ojos, es decir, mirara a la M. rígida e imperecedera. Los orbes de cristal que hacían de ojos quedaban incrustados en una cara que aún no se había asentado del todo sobre su nuevo relleno. Parecían babosas agitándose nerviosamente en un escondite cadavérico.
Mientras me tocaba inquieto la oreja, ella me seguía lo más rápido que podía ella con su nueva locomoción cuadrúpeda. Yo siempre la miraba a ella, es decir, a su sosias relleno, intentando encontrar algo de familiaridad en el trato. No lo logré.
Me hablaba de nuevas inquietudes, los betunes y óleos de promoción, anti-ácaros, una máquina de cepillado y lavado que se pagaba a plazos, y su esperanza de que yo acabara por disecarme también y que cuando la muerte acechara nuestros modelos fueran envasados al vacío y lanzados al espacio para que otras formas de vida se dieran cuenta de qué hermosos ejemplares habíamos sido. Perseguido por la estela de restos que dejaba M. a su paso, me imaginé que debía ofrecerle apoyo en su nueva vida de vestigio humanoide, pero no podía evitar desviar mi mirada hacia un resto de cartílago que le quedaba en lo que otro tiempo había sido su oreja. Noté cómo la mía hacía también una tentativa de desprenderse por imitación o largarse por asqueo ante la escena.
Le hice notar que a partir de ese momento igual tendría problemas en su trabajo de actriz, y ella me rió la gracia pero no creo que se recreara mucho en la comicidad del asunto porque cuatro collies y un galgo afgano le saltaban encima en ese momento. Recuerdo un instante en aquella primera toma de contacto, cuando su cara se hundía en el parterre de los tulipanes entre partículas de tierra suspendidas en el aire, las piernas enfundadas en los tejanos rígidas por la tensión y formando un ángulo agudo aunque próximo a los 90 grados y todo su cuerpo en general que empezaba a recostarse de lado, cubierto por los cuartos traseros de cinco perros enloquecidos, y los ojos azules vítreos de la verdadera M. mirando hacia abajo, ella parecía contemplar maravillada la escena, y retuve aún esta imagen onírica en mi mente durante un buen rato, mientras me palpaba la oreja como quien no quiere la cosa y decidí concederle a aquél momento un significado lírico para postergar un milisegundo mi forzosa actuación heroica.
Me imaginé a Margeritte y a mí avanzando rígidos por la vacuidad del espacio, de la mano, y a nuestros amigos los alienígenas abriendo encías tentaculadas al aire en una mueca de desprecio y brindando por nuestra propia pulverización. Mi oreja seguía en su sitio. Ya sólo me concentré en lo que requería mi atención desde hacía rato: jadear más y más, mientras me dirigía al coche, corriendo como un desesperado.
8/12/09
________________________________Ilustración de Joan Casaramona
viernes, 4 de febrero de 2011
Descenso al infierno Disney
Fermín empezaba a estar nervioso ante la perspectiva de llegar tarde a su cita: las cosas o se hacen bien o no se hacen. En aquel caso, se había demorado un cuarto de hora pretendiendo honrar la memoria de cierta paloma moribunda encontrada en la acera. Su reciente incursión en el mundo de la fotografía no le había reportado por el momento resultados demasiado aceptables (el suelo había quedado demasiado enfocado, en detrimento del animal). De todas formas, quince minutos perdidos que en relación a la empresa que les ocupaba podían resultar decisivos. Si Anacleto tenía que esperar mucho rato su llegada existía la posibilidad… no, la certeza, de que su nerviosismo le hiciera regresar a casa. Eso no debía ocurrir.
Llegó jadeando al punto de reunión: entrada a la tienda Sfera de l’Illa, justo enfrente del parque. Anacleto no estaba allí: lo encontró dentro, sección camisas.
Al atravesar la barrera invisible de los detectores y llegar junto a su amigo, Fermín se quedó mirando el reflejo de ambos en uno de los espejos. Se estudió detenidamente a sí mismo durante unos segundos: greñas de color negro totalmente descuidadas dejaban ver por la parte central una cara alargada de cejas gruesas y barbilla cubierta de pelo, aunque las mejillas hacía tiempo que tampoco veían la afeitadora. Vestía una chaqueta oscura, tejanos y las deportivas outdoor de siempre, ya muy gastadas. En una mano llevaba una botella de horchata a medio beber recién comprada en un supermercado; en la otra sujetaba por la base una bolsa de papel de la Fnac que contenía un par de libros de Irvine Welsh. La sagacidad de sus ojos no se distinguía demasiado bien ahora, entre idas y venidas de la mirada a derecha e izquierda, hacia las esquinas y en derredor.
-Por aquí no pone en ninguna parte que no se pueda comer dentro, me imagino.
-Lo que no sé es cómo nos han dejado entrar a nosotros, con estas pintas.- comentó entre risas nerviosas Anacleto.
Éste era un joven de complexión delgada, portador de lentes inusitadamente gruesas y unos labios que de no ser tan rosados podrían pasar por los de un negro. Su melena y sus peculiares zapatos (parecían la mezcla ente los de un mendigo, un payaso y un jugador de bolos) le habían valido un club de fans en facebook que, con razón, él mismo consideraba como inmerecido. Solía hacer gala de una habitual apostura, y sin embargo todo vestigio de elegancia en el erguirse había desaparecido hacía rato empañado por el abatimiento físico que le perseguía desde que saliera de casa. Al igual que Fermín, rondaba la veintena. Una edad a la que ya no era muy normal ver penes por todas partes.
Anacleto era así: cada día, al salir de casa, un montón de falos asomaban tímidamente a su paso y le saludaban, cobrando existencia durante un brevísimo espacio de tiempo y en exclusivo para él. Sólo hacía falta mezclar inconscientemente sombras, texturas y formas percibidas para descubrir una palpitante verga en farolas, buzones, palmeras, rascacielos, esculturas. En autobuses, cadenas, semáforos en rojo, cepillos de autolavado, la porra de un mosso d’esquadra, patos nadando en el estanque. En ese mismo momento contemplaba embobado un príapo de color fucsia cuidadosamente anudado alrededor del cuello de un maniquí. Opinó que parecía confortable.
-Anem.
A su paso por el centro comercial, Fermín notaba cómo molares y premolares rechinaban al unísono. De vez en cuando se podía percibir como un canon entre las dos hileras opuestas. Se empezaba a arrepentir de todo aquello; ahora recordaba la conversación mantenida tres días antes con el que avanzaba a su lado y deseaba que no se hubiera desarrollado así. Estaban en la habitación de Anacleto, tumbados boca arriba en el suelo escuchando lo último de The Mars Volta como los jóvenes de vuelta de todo que eran, cuando Fermín advirtió el incómodo silencio que se había formado en mitad de su conversación.
-Necesito que me devuelvas el favor- había dicho el de las gafas. Ya hace mucho que te enseñé todo lo que sé de photoshop de forma totalmente gratuita. Dos horas a la semana, tío, y a veces hasta tres. Me lo debes, y además te dije que más adelante necesitaría tu ayuda.
-Está bien... Joder. Espero que no sea pactar un trío con tu hermana.
Lo había dicho de broma, pero lo cierto es que se empezó a poner nervioso al malinterpretar cómo el otro tragaba saliva.
-Me he quedado sin porno.
La frase cayó como un mazazo sobre Fermín. Aquello que acababa de oír podía acarrear consecuencias tan y tan terribles tratándose de Anacleto que empezó a sentir una presión a la altura del estómago, centímetros por encima de donde la estaba sintiendo su compañero en ese momento.
-¡Vivediós! ¿Cómo ocurrió todo?
-Simplemente pasó -apenado, Anacleto bajó la mirada-. En mi familia nos estamos cambiando de Jazztel a Telefónica, y hace ya cuatro días que la señal de internet desapareció.
-¿Y en el disco duro?
-Qué coño hablas, no tengo porno en el disco duro -fueron las palabras escupidas, como en respuesta a una ofensa-. Podría verlo cualquiera de los que viven aquí. Además, yo soy más de streaming, u know.
Desde luego, por muy liberales y modernos que fueran en el centro donde Anacleto estudiaba Ilustración, nadie estaría dispuesto a tenerlo cerca en el aula de ordenadores. Ni siquiera cortinillas individuales de por medio.
-¿Es una mancha de tinta eso de tu cama?
-No, tengo el semen lila.
Y todo apuntaba a que estaría al menos mes y medio sin internet. Necesitaba un material siempre accesible y que valiera para muchas veces. Fermín ya se daba cuenta de por dónde iban los tiros, aunque no comprendía para qué se requería su ayuda. “En fin, si le consigo algo quizás deje de dibujarme pollas por el Messenger”. Estaba al corriente de los dudosos gustos de su amigo en ese ámbito, pero jamás llegó a imaginarse lo que le propondría.
Una princesa Jasmine. De plástico macizo y de unos 20 cm. “No podía contentarse con cualquier bizarrada, el mamonazo. Tenía que elegir un punto de venta al gran público como aquél para calmar sus bajezas sexuales.” De todas formas, Fermín era un hombre de palabra, y no quería irse de vacaciones con aquella carga de conciencia. En principio.
De modo que allí estaban los dos, delante de una tienda oficial Disney. Para afrontar aquella tarea era necesario ser más de uno, eso era seguro.
Con pasos cautelosos los dos penetraron en el establecimiento, abarrotado de gente por la proximidad de la Navidad. Anacleto reprimió un gemido de angustia al poner el pie izquierdo en la zona donde el suelo cambiaba de color. Allí estaban de más, los niños jugaban ajenos a todo lo sórdido del planeta mientras los padres, rebosantes de alegría contemplaban cómo sus angelitos se divertían con poca cosa.
Un minuto después, Fermín intentaba hacer ver que estaba muy interesado en el muñeco articulado de Buzz Lightyear: fracasaba miserablemente. En un momento dado, el otro le hizo una seña. Se acercó al tiempo que oía un susurro, “acabemos rápido con esto”, y pensó que quizás aquél ruido sordo era la primeria evidencia real de intenciones ocultas que se daba entre aquellas cuatro paredes, aquél templo consagrado al espíritu infantil. Estaban ahora en la sección para niñas. Allí sobraban demasiado, allí sí que eran escandalosamente estridentes.
-Los niños nos verán aquí, te digo. Nos verán rodeados de rosa, putas mierdas y faldas de tutú. Estamos acabados.
-No estamos acabados. ¡No estamos acabados, coño! ¡Mira!
Allí estaba la figura. Jasmine se había despojado de la protección de su palacio y les miraba desde detrás del plástico transparente, invitadora. Ninguna cimitarra se alzaría contra ellos si la tocaban. Se quedaron absortos mirando cómo brillaba la caja. Flamante. No oyeron cómo a sus espaldas los padres se apresuraban en empujar a sus hijos fuera de la tienda, cómo las dependientas tensaban nerviosamente sus dedos repiqueteando encima del mostrador a la vez que se hacía el silencio en aquella parte de la tienda. Silencio que sólo consiguió romper el golpe de un bate de béisbol de plástico contra una estantería.
Los dos tardaron lo mismo en girarse. Lo mismo tardaron sus caras en descomponerse por el miedo.
Allí estaban Max, Erik y el resto de sus esbirros de nueve años y gorra ladeada.
-Vaya, vaya, vaya... Mirad a quién tenemos aquí.
11/12/08
Llegó jadeando al punto de reunión: entrada a la tienda Sfera de l’Illa, justo enfrente del parque. Anacleto no estaba allí: lo encontró dentro, sección camisas.
Al atravesar la barrera invisible de los detectores y llegar junto a su amigo, Fermín se quedó mirando el reflejo de ambos en uno de los espejos. Se estudió detenidamente a sí mismo durante unos segundos: greñas de color negro totalmente descuidadas dejaban ver por la parte central una cara alargada de cejas gruesas y barbilla cubierta de pelo, aunque las mejillas hacía tiempo que tampoco veían la afeitadora. Vestía una chaqueta oscura, tejanos y las deportivas outdoor de siempre, ya muy gastadas. En una mano llevaba una botella de horchata a medio beber recién comprada en un supermercado; en la otra sujetaba por la base una bolsa de papel de la Fnac que contenía un par de libros de Irvine Welsh. La sagacidad de sus ojos no se distinguía demasiado bien ahora, entre idas y venidas de la mirada a derecha e izquierda, hacia las esquinas y en derredor.
-Por aquí no pone en ninguna parte que no se pueda comer dentro, me imagino.
-Lo que no sé es cómo nos han dejado entrar a nosotros, con estas pintas.- comentó entre risas nerviosas Anacleto.
Éste era un joven de complexión delgada, portador de lentes inusitadamente gruesas y unos labios que de no ser tan rosados podrían pasar por los de un negro. Su melena y sus peculiares zapatos (parecían la mezcla ente los de un mendigo, un payaso y un jugador de bolos) le habían valido un club de fans en facebook que, con razón, él mismo consideraba como inmerecido. Solía hacer gala de una habitual apostura, y sin embargo todo vestigio de elegancia en el erguirse había desaparecido hacía rato empañado por el abatimiento físico que le perseguía desde que saliera de casa. Al igual que Fermín, rondaba la veintena. Una edad a la que ya no era muy normal ver penes por todas partes.
Anacleto era así: cada día, al salir de casa, un montón de falos asomaban tímidamente a su paso y le saludaban, cobrando existencia durante un brevísimo espacio de tiempo y en exclusivo para él. Sólo hacía falta mezclar inconscientemente sombras, texturas y formas percibidas para descubrir una palpitante verga en farolas, buzones, palmeras, rascacielos, esculturas. En autobuses, cadenas, semáforos en rojo, cepillos de autolavado, la porra de un mosso d’esquadra, patos nadando en el estanque. En ese mismo momento contemplaba embobado un príapo de color fucsia cuidadosamente anudado alrededor del cuello de un maniquí. Opinó que parecía confortable.
-Anem.
A su paso por el centro comercial, Fermín notaba cómo molares y premolares rechinaban al unísono. De vez en cuando se podía percibir como un canon entre las dos hileras opuestas. Se empezaba a arrepentir de todo aquello; ahora recordaba la conversación mantenida tres días antes con el que avanzaba a su lado y deseaba que no se hubiera desarrollado así. Estaban en la habitación de Anacleto, tumbados boca arriba en el suelo escuchando lo último de The Mars Volta como los jóvenes de vuelta de todo que eran, cuando Fermín advirtió el incómodo silencio que se había formado en mitad de su conversación.
-Necesito que me devuelvas el favor- había dicho el de las gafas. Ya hace mucho que te enseñé todo lo que sé de photoshop de forma totalmente gratuita. Dos horas a la semana, tío, y a veces hasta tres. Me lo debes, y además te dije que más adelante necesitaría tu ayuda.
-Está bien... Joder. Espero que no sea pactar un trío con tu hermana.
Lo había dicho de broma, pero lo cierto es que se empezó a poner nervioso al malinterpretar cómo el otro tragaba saliva.
-Me he quedado sin porno.
La frase cayó como un mazazo sobre Fermín. Aquello que acababa de oír podía acarrear consecuencias tan y tan terribles tratándose de Anacleto que empezó a sentir una presión a la altura del estómago, centímetros por encima de donde la estaba sintiendo su compañero en ese momento.
-¡Vivediós! ¿Cómo ocurrió todo?
-Simplemente pasó -apenado, Anacleto bajó la mirada-. En mi familia nos estamos cambiando de Jazztel a Telefónica, y hace ya cuatro días que la señal de internet desapareció.
-¿Y en el disco duro?
-Qué coño hablas, no tengo porno en el disco duro -fueron las palabras escupidas, como en respuesta a una ofensa-. Podría verlo cualquiera de los que viven aquí. Además, yo soy más de streaming, u know.
Desde luego, por muy liberales y modernos que fueran en el centro donde Anacleto estudiaba Ilustración, nadie estaría dispuesto a tenerlo cerca en el aula de ordenadores. Ni siquiera cortinillas individuales de por medio.
-¿Es una mancha de tinta eso de tu cama?
-No, tengo el semen lila.
Y todo apuntaba a que estaría al menos mes y medio sin internet. Necesitaba un material siempre accesible y que valiera para muchas veces. Fermín ya se daba cuenta de por dónde iban los tiros, aunque no comprendía para qué se requería su ayuda. “En fin, si le consigo algo quizás deje de dibujarme pollas por el Messenger”. Estaba al corriente de los dudosos gustos de su amigo en ese ámbito, pero jamás llegó a imaginarse lo que le propondría.
Una princesa Jasmine. De plástico macizo y de unos 20 cm. “No podía contentarse con cualquier bizarrada, el mamonazo. Tenía que elegir un punto de venta al gran público como aquél para calmar sus bajezas sexuales.” De todas formas, Fermín era un hombre de palabra, y no quería irse de vacaciones con aquella carga de conciencia. En principio.
De modo que allí estaban los dos, delante de una tienda oficial Disney. Para afrontar aquella tarea era necesario ser más de uno, eso era seguro.
Con pasos cautelosos los dos penetraron en el establecimiento, abarrotado de gente por la proximidad de la Navidad. Anacleto reprimió un gemido de angustia al poner el pie izquierdo en la zona donde el suelo cambiaba de color. Allí estaban de más, los niños jugaban ajenos a todo lo sórdido del planeta mientras los padres, rebosantes de alegría contemplaban cómo sus angelitos se divertían con poca cosa.
Un minuto después, Fermín intentaba hacer ver que estaba muy interesado en el muñeco articulado de Buzz Lightyear: fracasaba miserablemente. En un momento dado, el otro le hizo una seña. Se acercó al tiempo que oía un susurro, “acabemos rápido con esto”, y pensó que quizás aquél ruido sordo era la primeria evidencia real de intenciones ocultas que se daba entre aquellas cuatro paredes, aquél templo consagrado al espíritu infantil. Estaban ahora en la sección para niñas. Allí sobraban demasiado, allí sí que eran escandalosamente estridentes.
-Los niños nos verán aquí, te digo. Nos verán rodeados de rosa, putas mierdas y faldas de tutú. Estamos acabados.
-No estamos acabados. ¡No estamos acabados, coño! ¡Mira!
Allí estaba la figura. Jasmine se había despojado de la protección de su palacio y les miraba desde detrás del plástico transparente, invitadora. Ninguna cimitarra se alzaría contra ellos si la tocaban. Se quedaron absortos mirando cómo brillaba la caja. Flamante. No oyeron cómo a sus espaldas los padres se apresuraban en empujar a sus hijos fuera de la tienda, cómo las dependientas tensaban nerviosamente sus dedos repiqueteando encima del mostrador a la vez que se hacía el silencio en aquella parte de la tienda. Silencio que sólo consiguió romper el golpe de un bate de béisbol de plástico contra una estantería.
Los dos tardaron lo mismo en girarse. Lo mismo tardaron sus caras en descomponerse por el miedo.
Allí estaban Max, Erik y el resto de sus esbirros de nueve años y gorra ladeada.
-Vaya, vaya, vaya... Mirad a quién tenemos aquí.
11/12/08
jueves, 3 de febrero de 2011
Marina's Revolution
Me acuerdo, de este zagal. Una noche nos lo encontramos recostado en una escalinata húmeda de la zona de festejo barcelonés, junto a uno de esos paneles en los que estampan carteles. Parecía trastear con uno de los cartelitos en mano mientras arrancaba una por una las tiras con información de contacto, como si fueran las hojas de una siempreviva. Y nos dijo que era Miguel Delibes. Soy Miguel Delibes. Me acuerdo perfectamente.
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